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miércoles, 18 de agosto de 2010

Alexander Prentice

Nuevamente incluyo un post provisional para responder brevemente sobre una consulta puntual relacionada a Alexander Prentice, ingeniero civil escocés, hijo de Thomas Prentice y Mary Reid, quien llegó a Lima a inicios de 1850 como miembro de la empresa de gas que se haría cargo de la instalación del revolucionario sistema de alumbrado público de la ciudad.

El ambicioso proyecto había sido presentado al presidente Ramón Castilla por Miguel Morel y el ingeniero Melchor Charún, quienes previamente habían establecido contacto con un joven Prentice para preparar una propuesta atractiva y viable.

Decidido a modernizar Lima y con los recursos económicos para hacerlo, Castilla aprobó el proyecto y de esta manera hizo posible el arribo de Prentice al Perú. El ingeniero escocés se encargó de adquirir e instalar la maquinaria necesaria, así como de dirigir los trabajos. Cuando el alumbrado a gas de Lima se convirtió en una realidad, el trabajo de Prentice fue reconocido y admirado en la esfera pública y privada.

Por ese motivo no sorprendió que poco después Prentice se convirtiera en ingeniero del Estado. En este cargo supervisó y dirigió una serie de importantes obras públicas a nivel nacional relacionadas sobretodo a muelles y ferrocarriles, así como al alumbrado por gas. Prentice también fue inversionista de la Empresa de Agua y fue miembro de la Bolsa Mercantil, institución que reunía a los más ilustres comerciantes y profesionales de Lima de aquella época.

En 1868 se asoció a John Mathison y George Petrie para formar la Compañia de Alumbrado por Gas de Chorrillos y en 1870, ya como ingeniero independiente, presentó al Estado una propuesta para la construcción de un muelle en el puerto de Pacasmayo, así como la implementación del ferrocarril de Pacasmayo a San Pedro de Lloc y Guadalupe. Sin embargo, su propuesta no fue aceptada.

Se dice que el rechazo a ese proyecto fue un duro golpe para Prentice, quien decidió dejar el Perú y fijar su residencia en Inglaterra. Prentice, quien en 1857 se había casado en Lima con Rosa Riera de Osambela, partió a Europa junto a su numerosa familia.

En el censo inglés de 1881 se encuentra amplia información sobre los Prentice. Por ejemplo, vivían en el número 12 de Endsleigh Gardens, Londres, Middlesex. Alexander Prentice declaró tener 53 años, ser ingeniero civil y haber nacido en Escocia en 1828.

Su esposa Rosa señaló tener 41 años y no ejercer ninguna ocupación, mientras que también fueron censados once de sus doce hijos. Thomas, de 20 años, señala ser ingeniero civil y soltero; Robert, de 19 años, declara también ser ingeniero civil y soltero. Charles y Stuart, ambos de 17 años, aparecen como estudiantes. Rosa, de 15 años, es también estudiante, mientras que Martin, de 14; Guillermo, de 12; y Manuel, de 11 años, son citados como escolares. Todos ellos habían nacido en el Perú.

El matrimonio tuvo otras tres hijas menores que nacieron en Londres y que figuran en el censo: Mercedes, de 9; Margarita, de 7; y Anita, de 5 años. Todas citadas como escolares. El único que no aparece censado fue el hijo mayor, Alexander Ignatius Prentice Riera, quien nació en Lima en 1859 y que posteriormente se establecería en Guatemala. En la casa londinense también vivía la cocinera de la familia, Florence Kennedy; la mucama, Florence Nightingale, y la encargada del cuidado de los más pequeños, Clara Mcaulay.

A pesar de la distancia, Prentice mantuvo sólidos vínculos comerciales con el Perú. Por ejemplo, en 1884, junto a sus socios Mathison y Petrie, fue indemnizado por el Gobierno de Chile tras el saqueo e incendio del amplio local de la Compañía de Alumbrado por Gas de Chorrillos durante la Guerra del Pacífico. El Tribunal Arbitral Anglo-Chileno decidió otorgarles 1,819 libras esterlinas y 18 chelines como reparación. Poco después Prentice y su familia volvieron al Perú, se establecieron en Miraflores y el ingeniero escocés retomó sus labores hasta que la muerte lo sorprendió el 1 de noviembre de 1896..

Foto: El ingeniero civil escocés Alexander Prentice (Archivo Courret).

lunes, 29 de marzo de 2010

Raíces irlandesas, influencia alemana

Con el objetivo de cerrar esta extensa historia respecto a los hermanos John y Alexander Blacker Thierry, nos remontaremos ahora a los orígenes de su familia.

Tanto John como Alexander fueron hijos del comerciante Alexander Blacker Burrows (nacido en Hamburgo, Alemania, el 17 de agosto de 1789) y de Jane Susan Marie Thierry Borkenstein (nacida en Hannover, Alemania, el 17 de mayo de 1795). (*)

La pareja contrajo matrimonio en la localidad alemana de Schleswig-Holstein el 23 de octubre de 1820 y poco tiempo después se trasladó a Inglaterra, específicamente a Gloucestershire, donde Blacker Burrows se dedicó al comercio de lana y donde nacieron sus tres primeros hijos: John Blacker Thierry (el 25 de febrero de 1822), Susan Blacker Thierry (el 19 de febrero de 1824) y Alexander Blacker Thierry (el 7 de abril de 1825). Posteriormente, la familia se mudó a otra ciudad inglesa, Brixton, donde nacieron Louis Blacker Thierry (el 17 de octubre de 1827) y Richard Blacker Thierry (el 26 de setiembre de 1829).

Esta rama de la familia Blacker tuvo origen irlandés, pero estuvo asentada en Alemania por muchos años. En el siglo XIX, Louis Blacker Thierry elaboró con su puño y letra un árbol genealógico de la familia (ver foto). Este documento se inicia citando el nombre de Marmaduke Blacker, quien nació alrededor de 1664 en Irlanda, probablemente en Limerick, una pequeña pero histórica ciudad medieval situada en la costa oeste irlandesa, muy cerca del río Shannon.

Es probable que Marmaduke Blacker haya nacido poco tiempo después de que Irlanda cayera bajo el poder del famoso político y militar inglés Oliver Cromwell. Se sabe que Marmaduke Blacker tuvo por lo menos dos hijos: William Blacker, nacido en Irlanda en 1686, y Eleanor Blacker, nacida también en Irlanda en año desconocido.

A inicios del Siglo XVIII, en 1705, cuando tenía 19 años, William Blacker dejó Irlanda y se trasladó a Inglaterra, donde conoció y contrajo matrimonio con Mip Reafearn, quien era natural de la localidad de Woodsome Mill, ubicada cerca de Hudders Fields Yorks. El matrimonio Blacker-Reafearn tuvo tres hijos: Thomas, John y William.

De los tres, John Blacker Reafearn, de acuerdo a lo que aparece escrito en el árbol genealógico de la familia, se convirtió en un hombre muy exitoso en el plano económico y social. El nació el 20 de agosto de 1729 en Finney Bridge, localidad correspondiente a la parroquia de Kirkheaton, en West Riding, condado de York, Inglaterra.

Alrededor de 1750, cuando tenía 21 años, viajó a Hamburgo, ciudad portuaria alemana que en ese momento era considerada el centro comercial más importante de Europa. En ese momento, en Hamburgo, ya existía la “sociedad de los comerciantes aventureros”, una organización conocida también como la British Factory que estaba formada por mercaderes ingleses que, bajo el amparo de la monarquía británica, había conseguido grandes concesiones de las autoridades alemanas para tener el monopolio de la comercialización de ciertos productos, principalmente ropa hecha de lana.

La “sociedad de los comerciantes aventureros” tenía su propio local, se regía bajo las leyes británicas sin que las autoridades alemanas pudieran intervenir en sus asuntos internos e incluso contaban con una parroquia, donde se celebraban ceremonias protestantes en inglés, lo que usualmente provocaba las quejas de la iglesia luterana alemana.

Desde aproximadamente 1780 John Blacker Reafearn llegó a convertirse en “Court Master” de la sociedad; es decir, en el funcionario de más alto rango. En ese entonces él ya había fundado la firma “The House of Blacker” en sociedad con sus dos cuñados: Thomas y John Cock. La compañía fue un éxito. Thomas se retiró de la firma con una utilidad de 40 mil libras esterlinas y se estableció en Londres, mientras que John Cock se retiró con 50 mil libras esterlinas y permaneció viviendo en Hamburgo.

Cuando los hermanos Cock decidieron retirarse de la firma, un sobrino de John Blacker Reafearn llamado Joseph Blacker, junto a sus dos hijos mayores (John y Thomas), se convirtieron en socios de la compañía y alcanzaron también altas posiciones en la “sociedad de los comerciantes aventureros”.

John Blacker Reafearn murió el 16 de marzo de 1798 dejando una fortuna estimada en un millón 600 mil libras. En el árbol genealógico de la familia Blacker se consignan datos respecto a sus herederos y a la ubicación de su casa comercial en Hamburgo, pero la dirección está escrita en alemán y con letra indescifrable.

En el aspecto personal John Blacker Reafearn se casó con Sarah Cock, natural de Harrington, Lancash, y tuvo ocho hijos: Charles, Thomas, Jane, Lucy, John, Frances, Sarah y Ann.

John Blacker Cock nació en Hamburgo el 28 de junio de 1763 y se casó en la misma ciudad cuando tenía 23 años. Su esposa, Elizabeth Burrows, también era natural de Hamburgo, aunque su familia era de origen inglés. La pareja tuvo seis hijos: John, Edward, Elizabeth, Henry, Frederick y Alexander Blacker Burrows.

Se sospecha que la familia sufrió en carne propia lo que fue la abrupta disolución de la sociedad inglesa de los comerciantes aventureros. En noviembre de 1806 las tropas francesas de Napoleón tomaron el control del puerto de Hamburgo y detuvieron a todos los comerciantes ingleses, quienes fueron declarados prisioneros de guerra. Así, bajo la presión militar francesa, se llegó a un acuerdo para disolver definitivamente la “sociedad de comerciantes aventureros” en 1808. Joseph Blacker fue el último “Court Master”.

Esta situación afectó significativamente los intereses ingleses en la región, pero John Blacker Cock, su esposa Elizabeth Burrows y sus hijos permanecieron viviendo en Hamburgo. Años más tarde, uno de sus seis hijos, Alexander Blacker Burrows, decidió dejar Alemania y trasladarse a Inglaterra, donde se convertiría en el padre de los hermanos Blacker, aquellos quienes a mediados del Siglo XIX llegaron al Perú como comerciantes en busca de fortuna, seguramente inspirados por el enorme éxito que alguna vez alcanzó su bisabuelo John Blacker Reafearn.

Foto: Primera página del árbol genealógico de la familia Blacker. El documento fue escrito por Louis Blacker Thierry en el Siglo XIX. (Cortesía Dr. John Blacker)

(*) Jane Susan Marie Thierry Borkenstein (en varios documentos alemanes el apellido aparece escrito como Borckenstein) fue hija de Carl Ludwig Thierry y Dorothea Amalia Borkenstein, quienes se casaron en Hamburgo el 31 de mayo de 1791. Carl Ludwig Thierry, quien entre ingleses decía llamarse Charles Louis, fue un activo comerciante de vino y pequeños productos, además de socio de la firma Thierry Borkenstein & Co de Hamburgo. Sus padres fueron Andre Thierry y Lucie -Catherina Schmalen, y nació en Hannover el 28 de julio de 1766. Además de Jane Marie Susan (o Susette en alemán), el matrimonio tuvo otros dos hijos: Johann Ludwig (John Louis) Thierry Borkenstein y Johann Adolph Thierry Borkenstein.

miércoles, 16 de enero de 2008

Ingleses en la independencia

La presencia británica en Sudamérica y el Perú aumentó de manera considerable durante el periodo que abarcó las guerras de independencia. Miles de militares, marinos y mercenarios ingleses se plegaron a los ejércitos de los libertadores José de San Martín y Simón Bolívar.

Hombres como el oficial naval Martín Guise, el mayor William Miller y el capitán Thomas Cochrane cumplieron un papel estelar en las fuerzas militares que acabarían con el dominio español en América del Sur. Otros ingleses, también cercanos a los emancipadores, se encargaron de escribir y publicar los acontecimientos ocurridos en aquella accidentada época. Así tenemos, por ejemplo, los libros de William Bennet Stevenson, el capitán Basil Hall y el capellán Hugh Salvin, quienes narran una serie de detalles interesantes relacionados a esos tiempos de exaltación patriótica.

Pero la independencia no fue un proceso sencillo y rápido. Después de la declaración de San Martín en 1821, fuerzas realistas continuaban combatiendo a favor de la corona española en diversos puntos del país y la inestabilidad política y social era total. Sin embargo, a pesar de esta compleja realidad, muchos comerciantes ingleses arribaron al Perú en busca de oportunidades y la mayoría se estableció como representantes de casas comerciales con sede principal en el Reino Unido.

En setiembre de 1822 la precaria junta gubernamental instalada por los libertadores declaró al Perú en bancarrota e hizo un pedido formal para que los comerciantes nacionales y extranjeros abonaran 400 mil dólares con la finalidad de financiar la expedición del coronel William Miller a Puertos Intermedios. A los comerciantes ingleses se les pidió pagar la mitad de ese dinero, pero ellos se negaron rotundamente y a través de John Moens solicitaron la protección del capitán Prescott, quien era el comandante de las fuerzas navales inglesas en el Pacífico.

Los gobiernos de los recién liberados países de Sudámerica sentían un profundo respeto por el poderío naval británico y no estaban dispuestos a hacer ningún movimiento que pudiera incomodar a Inglaterra, país que se había declarado neutral en la guerra entre España y sus colonias. Al final, los comerciantes británicos de Lima y Callao aceptaron entregar al gobierno un pequeño préstamo, sin intereses.

La expedición de Miller se realizó con éxito y se puede decir que la independencia real se logró en 1824 tras la batalla de Ayacucho, aunque algunos remanentes realistas continuaron atrincherados en el Real Felipe del Callao hasta 1826. Esa permanente tensión entre realistas y patriotas provocó que el 11 de diciembre de 1824 el primer cónsul británico en el Perú, Thomas Charles Rowcroft, muriera accidentalmente de un disparo en el camino del Callao a Lima. Ambos bandos lamentaron su pérdida para no enemistarse con Inglaterra, mientras que su lugar en el consulado fue ocupado por Charles Milner Ricketts. En tanto, el vicecónsul de Rowcroft, Udny Passmore, fue enviado a cumplir funciones en Arequipa. A fines de 1824 había 20 firmas inglesas operando en Lima y 250 ciudadanos británicos eran considerados residentes.

A pesar de que la situación política nunca se estabilizó totalmente, la colonia británica siguió creciendo en el Perú. Era habitual que los británicos se reunieran en los barcos mercantes y de guerra que permanecían por algunos días anclados en los diferentes puertos peruanos. Diariamente, capitanes, tripulantes, comerciantes y algunos invitados españoles y locales cenaban y bebían juntos en alguna embarcación hablando de negocios y política.

Henry Dalton, quien dejó constancia de su presencia en el país a través de un gran número de cartas, cuenta que llegó al Callao a los 17 años y que fue acogido por la familia de Mr. Crawley, gerente residente de la firma Gibbs Crawley & Co (*). Dalton no menciona el nombre ni las iniciales de Mr. Crawley, pero se presume que debe haber sido pariente cercano de uno de los socios principales de la compañía, Charles Crawley, quien vivía en Londres y era sobrino de Antony Gibbs. Sin embargo, tampoco se descarta que el mismo Charles Crawley haya acogido a Dalton en Lima, ya que a inicios de 1829 Crawley llegó a costas sudamericanas con su esposa y su hijo Charles Jr. para supervisar personalmente la marcha de sus negocios en Lima, Arequipa y Valparaíso.

Durante dos años, los Crawley trataron a Dalton como un miembro más de la familia, enseñándole algunos secretos de las actividades comerciales y llevándolo a eventos sociales, a diversas obras en el viejo teatro de Lima y a actividades recreacionales vinculadas a los juegos de azar. Dalton desarrolló una gran habilidad para esos juegos de azar y ganaba dinero con tanta frecuencia que tuvo problemas con los Crawley.

Esos problemas se agravaron una mañana que Dalton llegó al muelle del Callao, donde acostumbraba reunirse con otros ingleses, y un barco llamó su atención. Ese día, Dalton tomó una decisión comercial sin consultar con Mr. Crawley y adquirió todos los productos que cargaba la embarcación. Más tarde, pudo vender esos productos y obtener un saldo a favor.

Entusiasmado, Dalton le contó a Mr. Crawley lo que había hecho. Sin embargo, Crawley consideró que el beneficio obtenido había sido muy bajo y, harto del comportamiento de su joven protegido, decidió despedirlo con una paga que le alcanzaba para volver a Inglaterra. Sin embargo, con ese pequeño capital, Dalton decidió abrir su propia tienda en el Callao. Así nació Enrique Dalton & Co.

En esos primeros años de la república, la adaptación al país no era fácil para los inmigrantes británicos. A la inestabilidad política se sumaba la oposición de la iglesia a la llegada de no católicos, por lo que los ingleses, en su mayoría protestantes, tenían una serie de problemas de carácter social. Un ejemplo es que estaban impedidos de utilizar el cementerio católico y sus muertos eran enterrados en condiciones precarias en la isla San Lorenzo.

Del mismo modo, las autoridades políticas cambiaban permanentemente y mostraban una posición ambigua hacia la inmigración. Una clara muestra de esa ambigüedad se produjo en 1826 cuando el gobierno llegó a un acuerdo con Francisco Quiroz, Guillermo Cochrane y José Andrés Fletcher para la construcción de un camino de hierro entre Lima y el Callao. El acuerdo, que había sido firmado con dos personas de origen inglés, estipulaba en una de sus cláusulas que no se podían emplear trabajadores extranjeros en la obra. Al final, el acuerdo para construir ese rústico ferrocarril nunca se cumplió.

Las trabas políticas, burocráticas y religiosas no impidieron que muchos ingleses prosperaran significativamente en esos años. Entrada la década de 1830, el ya citado Henry Dalton había logrado expandir su compañía a otros lugares de Sudamérica y había adquirido una serie de embarcaciones para movilizar sus productos. También fue el primer agente consular británico en el Callao y se convirtió en banquero informal (en aquella época no había bancos en el país), honrando pagarés y otros medios de crédito y pago con firmas como Dickson Price & Co, Tayleur Read & Co, L. L. Alsop & Co y Lang Pearce & Co.

Pero no todos los ingleses que llegaban al Perú eran comerciantes o empleados de casas comerciales. También llegaron mineros (la Anglo Pasco Peruvian Company se fundó poco después de la independencia), ingenieros, artesanos, tenderos, aventureros y muchos otros que realizaban trabajos menores relacionados sobre todo a la actividad marítima. Del mismo modo, algunos ingleses dedicados a la investigación científica también llegaron a nuestras costas. Por ejemplo, en julio de 1835, el naturalista Charles Darwin llegó al Callao.

Lamentablemente, Darwin encontró al país sumergido en la guerra civil que concluiría con la formación de la Confederación Peruano-Boliviana. La independencia, que teóricamente había servido para establecer un orden político y económico más justo, provocó en realidad una situación de anarquía generalizada. Las luchas entre caudillos y los antagonismos regionales se hicieron frecuentes y condujeron a la región al desorden y al caos.

Darwin dejó constancia escrita sobre su visita a Lima y Callao en términos no muy elogiosos. Sobre Lima, Darwin escribió: "La ciudad está en la actualidad desorganizada; las calles no se hallan pavimentadas, a cada paso se encuentran montones de desperdicios sobre los cuales gallinazos negros, tan domésticos como aves de corral, rebuscan restos de comida. Las casas tienen de ordinario un piso alto construido de madera y recubierto de barro, a causa de los terremotos; se ven algunas casas viejas habitadas ahora por gran número de familias, esas casas son inmensas y contienen departamentos tan magníficos como los que pueda haber en cualquier otro lugar del mundo. Lima, la Ciudad de los Reyes, debió ser antiguamente una ciudad espléndida. El extraordinario número de sus iglesias le da aún hoy un sello muy particular, sobre todo cuando se la ve a corta distancia".

Por otra parte, respecto al Callao, Darwin señaló: "Es un pequeño puerto, no bien dispuesto y descuidado; sus habitantes, lo mismo que los de Lima, por lo demás, presentan todos los matices intermedios entre el europeo, el negro y el indio. Este pueblo me ha parecido algo licencioso y muy aficionado a los licores. La atmósfera está siempre cargada de malos olores, ese olor particular que se encuentra en casi todas las poblaciones de los países tropicales es aquí extremadamente fuerte...".

Un aspecto desconocido de la visita de Darwin al Perú fue el impacto que le causaron las tapadas limeñas. En el libro South America Called Them se publica que el científico británico admiró de las tapadas su vestimenta, su particular manera de caminar, el tamaño diminuto de sus pies y la profundidad que podía tener la mirada con un sólo ojo al descubierto. Una opinión parecida sobre las tapadas la tuvo el viajero inglés Samuel Haigh, quien vivió un corto periodo en Arequipa y quien visitó Lima en 1827.

Cuando Darwin llegó al Perú en 1835, la cantidad de inmigrantes ingleses en el país ya había aumentado notoriamente y, por iniciativa británica, se había formado una organización llamada Salón de Comercio, donde comerciantes extranjeros se reunían para discutir de negocios y preparar boletines relacionados a sus actividades. Algunos historiadores consideran que este fue el primer club formal fundado en el Perú.

Un año después, en 1836, un grupo de comerciantes ingleses apoyados por el cónsul británico Belford Hinton Wilson, un ex edecán de Simon Bolívar que reemplazó en el puesto a Ricketts, envió una serie de cartas a Inglaterra pidiendo mejorar las rutas de transporte marítimo.

Esas cartas llevan las firmas de súbditos británicos que residían en Lima y Callao, tales como Samuel Lang, William Duff, George T. Sealy, George Parker, J. W. Leadley, John Thomas, William Reid, William Hodgson, J. Sutherland, J. S. Platt, Valentine Smith, Henry Kendall, J. Farmer, John MacLean, Christopher Briggs, Thomas Young, R. R. Calvert, Charles Higginson, Charles R. Pflucker, C. F. Bergmann, Frederick Pfeiffer y Heinrich Witt, éstos cuatro últimos de origen alemán, pero muy vinculados a intereses ingleses.

Estos comerciantes apoyaban la iniciativa del estadounidense William Wheelwright, quien proponía establecer una compañía de vapores para navegar más rápidamente desde Gran Bretaña a Sudámerica, cubriendo el espacio comercial que se extendía por la costa occidental de Sudamérica desde Panamá hasta el Cabo de Hornos y que incluía parte de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile.

Esta amplia zona fue conocida por los británicos como “the West Coast” y sus principales puertos eran el Callao y Valparaíso. Debido a la importancia de este circuito marítimo, Wheelwright logró conseguir financiamiento británico (Clements R. Markham y P. C. Scarlett estuvieron entre sus financistas) para fundar la famosa compañía de vapores Pacific Steam Navigation Company (PSNC).

El 17 de febrero de 1840 la firma obtuvo la autorización británica para operar y obtuvo también un pequeño subsidio inglés para el transporte del correo. Ese mismo año arribaron a nuestras costas sus dos primeros barcos (el “Perú” y el “Chile”). Ambas embarcaciones eran vapores de paletas y viajaban desde Liverpool, vía el estrecho de Magallanes. De esta manera, los ingleses tenían cada vez más facilidades para llegar al país.

Foto: Registro actual de la presencia de Simón Bolívar en Londres en 1810.

(*) Esta compañía es la misma que John Moens fundó en 1822, pero cambió de nombre en 1824 después de una reunión en Londres entre Moens y los miembros de la casa de Antony Gibbs & Sons. Los socios principales, George Henry y William Gibbs, molestos por ciertos manejos comerciales de Moens, decidieron reducir su participación societaria de 25 a 10 por ciento y omitir su nombre de la compañía. Moens regresó al Perú y continuó trabajando en la firma hasta 1829 cuando fue reemplazado por John Hayne.

sábado, 12 de enero de 2008

Primeros ingleses

Los primeros rastros de la presencia británica en territorio peruano se encuentran en las crónicas coloniales que hacen referencia a la violenta y numerosa aparición de piratas ingleses y holandeses a partir de la segunda mitad del Siglo XVI.

Las costas del Virreinato del Perú, que abarcaba territorios de las actuales repúblicas de Panamá, Colombia, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Chile, Argentina, Uruguay, Brasil y Venezuela, fueron blanco frecuente de las feroces incursiones de estos hombres de mar, especialistas en el robo marítimo, el saqueo de puertos y ciudades, e incluso en el comercio de esclavos negros, con quienes poblaron buena parte de las islas del Caribe.

En el Siglo XVI los piratas ingleses más temidos por los colonizadores españoles eran el legendario Francis Drake, el primer británico en circunnavegar el planeta; y el negrero John Hawkins, aunque también existen detallados registros de las tropelías de John Oxenham, Thomas Cavendish y Richard Hawkins, quien después de un sangriento combate fue apresado y trasladado a Lima, donde pasó tres años en poder de la Inquisición antes de ser enviado como prisionero a España y posteriormente liberado.

En el Siglo XVII los ingleses Bartolomé Sharp, Edward Davis y John Cook lograron notoriedad por sembrar el pánico y la desolación en el Mar del Sur, mientras que en el Siglo XVIII aparecieron, entre muchos otros, George Anson y John Clipperton.

Los cronistas españoles llamaban piratas a todos los saqueadores, sin distinguir entre corsarios, bucaneros o filibusteros. Las autoridades coloniales los consideraban simples delincuentes, aunque algunos provenían de familias aristocráticas y otros, gracias a sus fechorías, lograron reconocimiento social y económico en sus países.

La piratería era apoyada, alentada y financiada por Inglaterra, Holanda y Francia para tratar de debilitar el inmenso poder español en América y se convirtió en una de las preocupaciones más grandes de los colonizadores hispanos en el Perú. Por ejemplo, el virrey Duque de La Palata llegó al extremo de ordenar la construcción de una muralla alrededor de la ciudad de Lima con la intención de neutralizar posibles asaltos piratas o una sublevación de los indios. La obra se terminó aproximadamente en 1685 y muchos años después, en 1774, otro virrey –Manuel Amat y Juniet– concluyó la construcción de la fortaleza del Real Felipe para repeler posibles ataques al puerto del Callao.

Durante la época colonial existió una evidente rivalidad entre España e Inglaterra que provocó que el número de británicos en el Perú sea casi insignificante. Existen evidencias de esa diminuta presencia porque algunos ingleses que formaban parte de la tripulación de los navíos piratas terminaron como prisioneros. Muchos fueron ejecutados, pero unos pocos lograron recuperar la libertad para volver a su país o para insertarse en la sociedad colonial realizando trabajos relacionados principalmente a asuntos marítimos. Sin embargo, no ha sido posible encontrar alguna pista sobre sus vidas personales o sus probables descendientes, porque en esa época era costumbre castellanizar completamente los nombres ingleses.

Recién a partir de los primeros años del Siglo XIX se percibe un incremento en la población inglesa en el Perú. Algunos comerciantes españoles contrataron un puñado de empleados ingleses para realizar labores relacionadas al comercio, la agricultura y la minería, mientras que a partir de 1818 el Virreinato flexibizó sus rígidas barreras burocráticas y toleró cierto grado de comercio con Inglaterra. En 1819 un número limitado de comerciantes británicos fue autorizado a establecerse en el Perú.

Eran tiempos en los que el poder español se debilitaba aceleradamente a nivel mundial. En 1808 Napoleón había tomado el control de España forzando la renuncia del rey Fernando VII y ubicando en el trono a su hermano José Bonaparte. Cuando Fernando VII recuperó su cetro en 1814, las ideas independentistas se habían extendido por todo el territorio americano y poco pudo hacer para detener la masiva rebelión de sus colonias. Al mismo tiempo, la influencia de Inglaterra crecía alrededor del planeta tras el fin de las guerras Napoleónicas.

De esta manera, no sorprende que antes de declararse la independencia ya se haya permitido la presencia de un pequeño grupo de comerciantes y empleados ingleses en el país. Por ejemplo, John Moens, un irlandés de ascendencia holandesa que era apoderado de la casa londinense de Antony Gibbs & Sons, llegó al Callao, procedente de Valparaíso, el 20 de diciembre de 1820 a bordo de la HMS Andromanche que comandaba el capitán Sherriff.

En esos momentos el puerto estaba bloqueado por las fuerzas navales de Lord Thomas Cochrane, un inglés al servicio de los libertadores. El general José de San Martín estaba entonces en Ancón y sus tropas, que habían desembarcado en Pisco, marchaban hacia Lima esperando unirse con el principal ejército patriota en Huaura.

Debido a esta delicada situación política, Moens no fue autorizado inicialmente a desembarcar en el Callao y tuvo que esperar 14 días en el Andromanche. Gracias a la influencia de algunos comerciantes españoles vinculados a la firma Antony Gibbs & Sons, Moens recibió el permiso respectivo y se dirigió a Lima el 4 de enero de 1821.

El comerciante se reunió con el virrey Pezuela, quien le recomendó ser muy discreto y no exhibirse públicamente en las calles de Lima y Callao porque miles de ingleses formaban parte de los ejércitos libertadores de San Martín y Simón Bolívar, así que los súbditos británicos no eran bienvenidos en el Perú y sus vidas corrían peligro. Moens viajó entonces a Arequipa, donde conocía a algunos clientes de la casa Antony Gibbs & Sons de Londres.

Sin embargo, el comerciante regresó a Lima el 28 de junio de 1821 y sólo unos días después, el 6 de julio, el virrey evacuó la ciudad. A pesar de la situación de absoluta incertidumbre política, Moens organizó un embarque de barras de oro y plata para la casa de Antony Gibbs & Sons a nombre de un grupo de amigos españoles.

San Martín declaró la independencia el 28 de julio de 1821, pero la resistencia realista en el Callao sucumbió recién el 21 de setiembre. Casi de inmediato muchos barcos ingleses y de otros países arribaron al puerto chalaco. Las embarcaciones se amontonaban en la bahía esperando su turno para descargar mercaderías de todo tipo.

Los comerciantes extranjeros fueron autorizados a establecer negocios en el nuevo Perú, aunque en principio solamente podían actuar como consignatarios (como Moens lo hacía) pagando un impuesto extra de 5 por ciento en importaciones. Por ese motivo, muchos de los ingleses que llegaron al Perú lo hicieron primero como apoderados de firmas ya existentes en Londres, Liverpool y Glasgow.

Uno de ellos fue John Begg, quien esperó pacientemente en Valparaíso la caída de Lima. Begg, como representante de la inglesa James Brotherston & Co, había fundado una casa comercial en Chile junto a un socio, Mr. John Barnard. Tras la independencia del Perú, su socio quedó como encargado del negocio en Santiago y Begg decidió partir a Lima junto a un grupo de empleados, entre quienes se encontraban Hugh McCulloch y William Hartnell (ambos, poco después, serían pioneros en el desarrollo comercial de California).

Begg llegó al Callao en 1821 a bordo de un barco propio llamado Favourite. Uno de sus empleados, Jonathan Wistanley, hizo todos los arreglos para establecer en el Perú un almacén y una tienda que funcionarían bajo la firma de John Begg & Co. De esa misma época data la presencia en Lima de la compañía inglesa Frederick Huth & Co, la cual había sido fundada en Londres por el comerciante alemán Frederick Huth en 1808.

Mientras tanto, el ya citado John Moens fundó el 1 de enero de 1822 la casa Gibbs, Crawley, Moens & Co, y dos meses después, en marzo, fue recluido en prisión por tres semanas acusado de enviar un cargamento de plata sin pagar impuestos. La acusación resultó falsa y puede interpretarse como una advertencia de los patriotas a Moens, quien imprudentemente continuaba negociando con personajes que habían estado muy vinculados con la causa realista.

La firma Graham, Rowe & Co también empezó a operar en el Perú en 1822 y muchas otras compañías británicas se establecieron en el país en aquella época, aunque lamentablemente no existen registros oficiales ni fuentes confiables para identificarlas a plenitud. Estas firmas traían toda clase de manufacturas británicas y enviaban a Europa productos como oro, plata, algodón, cacao, maíz, lana, piel y sebo.

Los comerciantes y empleados ingleses de esas compañías establecieron su propio círculo social, realizando los domingos actividades relacionadas a la caza y a informales carreras de caballos. Algunos también participaban en los bailes, paseos y picnics que se ofrecían en Lima y Callao. Se conoce, además, que funcionó en Lima una "poetical society", donde algunos ingleses se reunían una vez al mes para discutir sobre poesía.

A través de la revisión de una carta personal, se sabe que en diciembre de 1822 un grupo de 104 británicos disfrutaron de una gran cena con carne, pudín y vino. Después el grupo se dirigió a un descampado cubierto de flores para cazar y correr a caballo. Entre esos ingleses estuvieron William Atherton, Mr. Wyld, Mr. Armstrong, el viejo Reed y presumiblemente la señorita Lynch, John Gates, el doctor Robert C. Wyllie, Henry Dalton y el profesor James Thomson, quien había llegado a Lima avalado por José de San Martín para intentar implantar el sistema lancasteriano de enseñanza en la Escuela Normal.

Por otra parte, Arequipa también recibió a un número importante de ingleses en aquella época como Samuel B. Mardon, John C. Jack, Samuel Lang, James Gibson, Thomas Elliot, John F. Johnson, John Ward, Thomas N. Crompton, Robert Page, Thomas Harper, Samuel Haigh, John More, William Matthews, el doctor William Bennett, Samuel Went, Valentine Smith, John Robinson, el doctor Francis Anderson, Henry Kendall, William Jackson, entre otros.

Foto: Mapa que data de la época del pirata Francis Drake dibujado por Giovanni Battista B.