Los primeros rastros de la presencia británica en territorio peruano se encuentran en las crónicas coloniales que hacen referencia a la violenta y numerosa aparición de piratas ingleses y holandeses a partir de la segunda mitad del Siglo XVI.Las costas del Virreinato del Perú, que abarcaba territorios de las actuales repúblicas de Panamá, Colombia, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Chile, Argentina, Uruguay, Brasil y Venezuela, fueron blanco frecuente de las feroces incursiones de estos hombres de mar, especialistas en el robo marítimo, el saqueo de puertos y ciudades, e incluso en el comercio de esclavos negros, con quienes poblaron buena parte de las islas del Caribe.
En el Siglo XVI los piratas ingleses más temidos por los colonizadores españoles eran el legendario Francis Drake, el primer británico en circunnavegar el planeta; y el negrero John Hawkins, aunque también existen detallados registros de las tropelías de John Oxenham, Thomas Cavendish y Richard Hawkins, quien después de un sangriento combate fue apresado y trasladado a Lima, donde pasó tres años en poder de la Inquisición antes de ser enviado como prisionero a España y posteriormente liberado.
En el Siglo XVII los ingleses Bartolomé Sharp, Edward Davis y John Cook lograron notoriedad por sembrar el pánico y la desolación en el Mar del Sur, mientras que en el Siglo XVIII aparecieron, entre muchos otros, George Anson y John Clipperton.
Los cronistas españoles llamaban piratas a todos los saqueadores, sin distinguir entre corsarios, bucaneros o filibusteros. Las autoridades coloniales los consideraban simples delincuentes, aunque algunos provenían de familias aristocráticas y otros, gracias a sus fechorías, lograron reconocimiento social y económico en sus países.
La piratería era apoyada, alentada y financiada por Inglaterra, Holanda y Francia para tratar de debilitar el inmenso poder español en América y se convirtió en una de las preocupaciones más grandes de los colonizadores hispanos en el Perú. Por ejemplo, el virrey Duque de La Palata llegó al extremo de ordenar la construcción de una muralla alrededor de la ciudad de Lima con la intención de neutralizar posibles asaltos piratas o una sublevación de los indios. La obra se terminó aproximadamente en 1685 y muchos años después, en 1774, otro virrey –Manuel Amat y Juniet– concluyó la construcción de la fortaleza del Real Felipe para repeler posibles ataques al puerto del Callao.
Durante la época colonial existió una evidente rivalidad entre España e Inglaterra que provocó que el número de británicos en el Perú sea casi insignificante. Existen evidencias de esa diminuta presencia porque algunos ingleses que formaban parte de la tripulación de los navíos piratas terminaron como prisioneros. Muchos fueron ejecutados, pero unos pocos lograron recuperar la libertad para volver a su país o para insertarse en la sociedad colonial realizando trabajos relacionados principalmente a asuntos marítimos. Sin embargo, no ha sido posible encontrar alguna pista sobre sus vidas personales o sus probables descendientes, porque en esa época era costumbre castellanizar completamente los nombres ingleses.
Recién a partir de los primeros años del Siglo XIX se percibe un incremento en la población inglesa en el Perú. Algunos comerciantes españoles contrataron un puñado de empleados ingleses para realizar labores relacionadas al comercio, la agricultura y la minería, mientras que a partir de 1818 el Virreinato flexibizó sus rígidas barreras burocráticas y toleró cierto grado de comercio con Inglaterra. En 1819 un número limitado de comerciantes británicos fue autorizado a establecerse en el Perú.
Eran tiempos en los que el poder español se debilitaba aceleradamente a nivel mundial. En 1808 Napoleón había tomado el control de España forzando la renuncia del rey Fernando VII y ubicando en el trono a su hermano José Bonaparte. Cuando Fernando VII recuperó su cetro en 1814, las ideas independentistas se habían extendido por todo el territorio americano y poco pudo hacer para detener la masiva rebelión de sus colonias. Al mismo tiempo, la influencia de Inglaterra crecía alrededor del planeta tras el fin de las guerras Napoleónicas.
De esta manera, no sorprende que antes de declararse la independencia ya se haya permitido la presencia de un pequeño grupo de comerciantes y empleados ingleses en el país. Por ejemplo, John Moens, un irlandés de ascendencia holandesa que era apoderado de la casa londinense de Antony Gibbs & Sons, llegó al Callao, procedente de Valparaíso, el 20 de diciembre de 1820 a bordo de la HMS Andromanche que comandaba el capitán Sherriff.
En esos momentos el puerto estaba bloqueado por las fuerzas navales de Lord Thomas Cochrane, un inglés al servicio de los libertadores. El general José de San Martín estaba entonces en Ancón y sus tropas, que habían desembarcado en Pisco, marchaban hacia Lima esperando unirse con el principal ejército patriota en Huaura.
Debido a esta delicada situación política, Moens no fue autorizado inicialmente a desembarcar en el Callao y tuvo que esperar 14 días en el Andromanche. Gracias a la influencia de algunos comerciantes españoles vinculados a la firma Antony Gibbs & Sons, Moens recibió el permiso respectivo y se dirigió a Lima el 4 de enero de 1821.
El comerciante se reunió con el virrey Pezuela, quien le recomendó ser muy discreto y no exhibirse públicamente en las calles de Lima y Callao porque miles de ingleses formaban parte de los ejércitos libertadores de San Martín y Simón Bolívar, así que los súbditos británicos no eran bienvenidos en el Perú y sus vidas corrían peligro. Moens viajó entonces a Arequipa, donde conocía a algunos clientes de la casa Antony Gibbs & Sons de Londres.
Sin embargo, el comerciante regresó a Lima el 28 de junio de 1821 y sólo unos días después, el 6 de julio, el virrey evacuó la ciudad. A pesar de la situación de absoluta incertidumbre política, Moens organizó un embarque de barras de oro y plata para la casa de Antony Gibbs & Sons a nombre de un grupo de amigos españoles.
San Martín declaró la independencia el 28 de julio de 1821, pero la resistencia realista en el Callao sucumbió recién el 21 de setiembre. Casi de inmediato muchos barcos ingleses y de otros países arribaron al puerto chalaco. Las embarcaciones se amontonaban en la bahía esperando su turno para descargar mercaderías de todo tipo.
Los comerciantes extranjeros fueron autorizados a establecer negocios en el nuevo Perú, aunque en principio solamente podían actuar como consignatarios (como Moens lo hacía) pagando un impuesto extra de 5 por ciento en importaciones. Por ese motivo, muchos de los ingleses que llegaron al Perú lo hicieron primero como apoderados de firmas ya existentes en Londres, Liverpool y Glasgow.
Uno de ellos fue John Begg, quien esperó pacientemente en Valparaíso la caída de Lima. Begg, como representante de la inglesa James Brotherston & Co, había fundado una casa comercial en Chile junto a un socio, Mr. John Barnard. Tras la independencia del Perú, su socio quedó como encargado del negocio en Santiago y Begg decidió partir a Lima junto a un grupo de empleados, entre quienes se encontraban Hugh McCulloch y William Hartnell (ambos, poco después, serían pioneros en el desarrollo comercial de California).
Begg llegó al Callao en 1821 a bordo de un barco propio llamado Favourite. Uno de sus empleados, Jonathan Wistanley, hizo todos los arreglos para establecer en el Perú un almacén y una tienda que funcionarían bajo la firma de John Begg & Co. De esa misma época data la presencia en Lima de la compañía inglesa Frederick Huth & Co, la cual había sido fundada en Londres por el comerciante alemán Frederick Huth en 1808.
Mientras tanto, el ya citado John Moens fundó el 1 de enero de 1822 la casa Gibbs, Crawley, Moens & Co, y dos meses después, en marzo, fue recluido en prisión por tres semanas acusado de enviar un cargamento de plata sin pagar impuestos. La acusación resultó falsa y puede interpretarse como una advertencia de los patriotas a Moens, quien imprudentemente continuaba negociando con personajes que habían estado muy vinculados con la causa realista.
La firma Graham, Rowe & Co también empezó a operar en el Perú en 1822 y muchas otras compañías británicas se establecieron en el país en aquella época, aunque lamentablemente no existen registros oficiales ni fuentes confiables para identificarlas a plenitud. Estas firmas traían toda clase de manufacturas británicas y enviaban a Europa productos como oro, plata, algodón, cacao, maíz, lana, piel y sebo.
Los comerciantes y empleados ingleses de esas compañías establecieron su propio círculo social, realizando los domingos actividades relacionadas a la caza y a informales carreras de caballos. Algunos también participaban en los bailes, paseos y picnics que se ofrecían en Lima y Callao. Se conoce, además, que funcionó en Lima una "poetical society", donde algunos ingleses se reunían una vez al mes para discutir sobre poesía.
A través de la revisión de una carta personal, se sabe que en diciembre de 1822 un grupo de 104 británicos disfrutaron de una gran cena con carne, pudín y vino. Después el grupo se dirigió a un descampado cubierto de flores para cazar y correr a caballo. Entre esos ingleses estuvieron William Atherton, Mr. Wyld, Mr. Armstrong, el viejo Reed y presumiblemente la señorita Lynch, John Gates, el doctor Robert C. Wyllie, Henry Dalton y el profesor James Thomson, quien había llegado a Lima avalado por José de San Martín para intentar implantar el sistema lancasteriano de enseñanza en la Escuela Normal.
Por otra parte, Arequipa también recibió a un número importante de ingleses en aquella época como Samuel B. Mardon, John C. Jack, Samuel Lang, James Gibson, Thomas Elliot, John F. Johnson, John Ward, Thomas N. Crompton, Robert Page, Thomas Harper, Samuel Haigh, John More, William Matthews, el doctor William Bennett, Samuel Went, Valentine Smith, John Robinson, el doctor Francis Anderson, Henry Kendall, William Jackson, entre otros.
Foto: Mapa que data de la época del pirata Francis Drake dibujado por Giovanni Battista B.